26 de agosto de 2016

La isla de Ometepe

El volcán Concepción, desde el muelle de Moyogalpa

Ometepe era la isla más grande dentro del lago Nicaragua y, por lo tanto, rodeada de agua dulce. Era de origen volcánico y su ‘skyline’ lo formaban las siluetas del activo volcán Concepción -su última erupción, según señalaba el mapa, había sido en 1986- y del inactivo volcán Maderas. En realidad, la isla era el producto de la unión de ambos volcanes. En tiempos ancestrales sus conos emergían solitarios de las aguas pero la naturaleza es así, une y desune con total arbitrio.
El volcán Concepción desde otro lado de la isla

La mejor manera de llegar a la isla era agarrando un ferry en la ciudad de Rivas y eso hizo el viajero insatisfecho. Madrugó ese día y tomó el primer ferry que salía, cree recordar, a las 7 de la mañana. Un simpático taxista le acercó al muelle. En el trayecto le contó que conocía otro español que llevaba varios años en la ciudad y regentaba otro de los hospedajes económicos de allí y le invitó a hospedarse en él. Otra vez será, le dijo.
Después de algo más de una hora de navegación, el barco dejaba al pasaje en la pequeña ciudad isleña de Moyogalpa, justo en la base del volcán Concepción. Ya desde el barco, y durante todo el trayecto, se observaba su figura cónica casi perfecta. Planeaba regresar ese mismo día a Rivas y no iba preparado para pasar una noche, cosa de la que se arrepintió pues una vez allí se dio cuenta que la isla se merecía al menos uno o dos días más.
Carteles necesarios por posible erupción del volcán Concepción

Alquiló una ‘scooter’ y se lanzó, casi con prisas, a recorrer la isla, parando aquí y mirando allá. Como no es muy ducho en conducción de motos, siempre mantuvo una velocidad prudencial que evitaba el peligro. Una carretera bordeaba el volcán Concepción y comunicaba, además, con el volcán Maderas. Rodeando el primero se encontraba Altagracia, la otra ciudad importante.
Paseó por una playa en busca del encuadre de una fotografía que le había gustado pero que no pudo hacer pues la naturaleza sabia y arbitraria no consulta cambios a viajeros ni turistas, y visitó la laguna Charco Verde, tan anunciada, pero que resultó ser poco atractiva. Allí, y en toda la isla, se podía preguntar detalles sobre el mito de Chico Largo: antiguo propietario de Charco Verde que se volvió un personaje fantástico por sus supuestos tratos con el diablo (otro día contará la historia).
Se acercó lo más que pudo, por el escaso tiempo disponible, al otro volcán y conoció Altagracia, la segunda ciudad isleña, donde se acercó a ver unos petroglifos precolombinos que tanto reseñaban en la guía. Al pasar con su ‘scooter’ por una de las calles se paró ante una original casa, pintada y repintada de caras conocidas: era la casa de propaganda del FSLN (Frente Sandinista de Liberación Nacional). Chávez y el Che, entre otros, ocupaban la fachada de la vivienda, en la que se apreciaba cierto movimiento. ¿Por qué este movimiento y decoración de la ciudad?. ¿Vendrá ‘el comandante Daniel (Ortega)’, en breve?. 
No, el engalanamiento es diario, le contestaron.
Casa de propaganda del FSLN

¡Anda!. ¡Anda con los sandinistas!, y eso que este leonés oyó duras críticas hacia ‘el comandante Daniel’, especialmente de aquel personaje sui generis de Bluefiels, ciudad garífuna nicaragüense, que 'echaba pestes' del comandante.

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9 de agosto de 2016

Veracruz, al ritmo del alma

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-Puerto/Malecón-

Llegaba a Veracruz ya avanzada la mañana después de una noche completa, y de insomnio, en un autobús desde Campeche, una ciudad colonial -otra- dentro del elenco de ciudades mexicanas. Y el viajero insatisfecho llegaba a ella con la mochila organizada de alusiones históricas, la documentación mental estructurada y preparado para tropezar con lo que finalmente encontró: una ciudad portuaria con un puerto de verdad, con barcos mercantes atracados que sobresalían de las tranquilas aguas como monumentos de chatarra ideados por algún veterano maestro cubista. Un puerto por el que se podía pasear, tranquilo, aunque ese sosiego era interrumpido a veces por los jovenzuelos vestidos con pantalón corto y camiseta raída que animaban a los incautos transeúntes a tirar una moneda al agua contaminada y sucia que bordeaba el malecón, para así recuperarla ellos después de un rápido chapuzón. Siempre lograban el objetivo. La interceptaban antes llegar al fondo, concluyó. Costumbre esta que ya había presenciado en alguna otra población, por ejemplo de Islas Filipinas, y siempre le producía una especial repugnancia y rechazo. Tanto por los jóvenes que la propiciaban como por los viajeros, casi siempre un poco soberbios, que se prestaban a esa penosa situación.

 -Zócalo, al fondo, la orquesta-

Se dejó embaucar, sí por Veracruz, por el encanto de sus calles y plazas abarrotadas de palmeras típicas y cocoteros y, al caer la tarde, el ritmo que la ciudad guardaba en sus entrañas afloraba en el Zócalo, en especial. Era la ciudad de la fiesta, de la música y los jarochos. En el escenario circular del Zócalo se situaba la orquesta, pero lo hacía con el ritual de una gran orquesta con trombón. Siempre ha pensado, ya desde niño, que una orquesta con trombón es una excelente orquesta. Y al son que rugía tranquilo, un grupo de parejas, en gran parte mayores, se animaba a danzar. Sus pasos llenos de estilo movían las miradas del público fiel que presenciaba la actuación. Así oscurecía en Veracruz. Los camareros de los bares que bordeaban la plaza, al iniciarse el ‘rompan filas’ de la orquesta, animaban a los asistentes a continuar la noche con el ritmo de las espontáneas marimbas (esos xilófonos de madera) que merodeaban por allí. Los limpiabotas en sus monumentos al betún reclamaban a los transeúntes su última intervención. Las luces aparecían ya encendidas y la ciudad se aletargaba para entrar en fase de ensoñación. Al regresar al hotel, un viejo camión de basura hacía sus paradas y un grito rebelde descuartizaba la noche en trocitos de realidad.

-Limpiabotas-

Veracruz creció al borde del Atlántico con la competencia de Acapulco en el Pacífico. El oro y la plata que salían de su puerto venían directos a España. Para acercarse a esa lucha pérfida de oro, plata, piratas y -añade- revolución, era necesario visitar la fortaleza de San Juan de Ulúa, algo que hizo una mañana en un tranvía (más bien un viejo autobús de madera). La fortaleza, tiempo atrás una isla, se levantaba ahora por los sucesivos refuerzos en forma de península frente al malecón. La primera fortificación fue un arsenal y, cómo no, una capilla pero todo ello fue robustecido durante el siglo XVIII para proteger la ciudad de los piratas. A lo largo de los años ejerció como lugar de intercambio de mercancías llegadas de Europa y también de cárcel, una de las más temidas. El guía local, incluido en el precio del transporte/tranvía, enseñaba con cierto afán morboso la celda que, además de ser considerada el infierno, era invadida por las mareas en plena oscuridad, un suplicio añadido para el condenado. Más tarde, el lugar sirvió de penal al que fuera presidente de México, Benito Juárez. Construida en gran parte de roca coralina -se apreciaba ya a la entrada- tiene en su haber una herrumbrosa, sirva el calificativo, historia.

-Fortaleza San Juan de Ulúa-

Pero olvidados del fulgor como puerto y de lo penoso como presidio, Veracruz se extendía como un soplo de vida por la zona playera, lindando con el mar que tanto la otorgó, con edificios alegres de hechura internacional. Perdía así un poco su vestimenta tradicional pero ganaba en modernidad.
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2 de agosto de 2016

Teotihuacán, un breve acercamiento

Teotihuacán es el vestigio de una civilización muerta, desaparecida pero misteriosa. Es misteriosa por su evidente poderío y misteriosa por ser la gran desconocida. También, y sobre todo, misteriosa en el cómo se extinguió. Se han planteado muchas hipótesis pero la más creíble es un posible derrocamiento de la clase dirigente teotihuacana, asociado a una brutal reducción de los recursos.
Era muy fácil visitar Teotihuacan. Desde Ciudad de México no hacía falta más que acercarse a la terminal Norte de autobuses, de donde partía, cada pocos minutos, un ‘camión’ (dicen allí) que dejaba al pasaje en una de las puertas de acceso. El viajero insatisfecho que no es muy dado a visitar piedras pasó allí, perdido entre guijarros milenarios y susurros de turistas, una mañana que resultó no ser tan sofocante, en cuanto al calor, como pensaba.
Dos inmensas pirámides y el templo de Quetzalcoatl era lo más destacado. Sucumbió al encanto de algunas imágenes talladas en las grandes piedras del templo, subió la pirámide del Sol y observó desde allí la gran planicie y la extensa calzada que unía los tres monumentos estrella. Había más. Se acercó también, ya cansado, a la pirámide de la Luna.
Fue realmente impresionante, aunque este leonés nunca lo reconocerá públicamente, pero deja aquí una muestra en vídeo de lo que fue la experiencia.


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22 de julio de 2016

La sierra de los tarahumara

Vista que el tren dejaba a su paso

El célebre y renombrado tren “Chiguagua al Pacífico” (también conocido como “el Chepe”) que comunica una zona árida del centro de México (Chiguagua, en concreto) con las tierras verdes de Los Mochis, atraviesa la sierra Tarahumara. El viajero insatisfecho que tenía ganas de conocer esta sierra sentía una predilección especial por las barrancas. Agarró el tren en Los Mochis que se precipitó a su ritmo lento, después de más de dos horas de recorrido por un aburrido valle, en un paisaje singular y bello. No podría decir que era espectacular y deslumbrante pero si se atreve a calificarlo de extraordinario. Espectacular podría ser la famosa barranca del Cobre, cerca de la que el tren pasaba durante un momento del trayecto. 
El Chepe transitaba por vías al lado de precipicios, por puentes, túneles y cañones. El trazado de una vía única bordeaba una larga serie de precipicios dando a grandes barrancos donde, a veces, en el fondo aparecían viejos vagones destartalados, oxidados por las lluvias, el tiempo, difuntos descarrilados ellos con las presumibles consecuencias (primera fotografía). La zona tenía unas condiciones abruptas que aprovecharon antaño los indígenas tarahumaras para protegerse de los amenazadores colonizadores españoles. También, allí, a salvo estaban de los trabajos forzados en la mina. Pero allí comenzaron a florecer también las minas como la de Batopilas, cerca también de la barranca del Cobre, llamada así porque los jesuitas españoles iban buscando este metal aunque encontraron otro no menos atrayente, plata. Pero el territorio era propicio para que los tarahumaras pudieran escabullirse. Las barrancas, además, guardaban en su vientre ópalo y oro.

Una mujer tarahumara con su niña en brazos

Este mochilero, precisamente, decidió descender en el apeadero llamado Barrancas, aunque realmente el pequeño poblado se llamaba Areponapuchi (con este nombre no se podría explotar turísticamente). Después de procurarse una habitación para dormir comenzó con sus paseos que le llevaron a unos miradores donde a los pies se observaban las famosas barrancas, la de Urique o la del Cobre. Se sentó en una de las rocas y en completo relax observó, miró y volvió a descansar la mirada sobre aquel vasto territorio lleno de belleza. Pero el turismo invasor también se acordó de ese lugar. A la izquierda de su observatorio, un hotel-mirador se apoyaba casi en el precipicio de grandes rocas, estropeaba en cierta forma el entorno y avasallaba la increíble panorámica.
Aun así, las barrancas se alejaban en el horizonte con la certeza se sentirse queridas, protagonistas y observadas.

Al fondo, las barrancas; en primer plano, el hotel

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9 de julio de 2016

Pomuch, un pueblo con una tradición maya

Iglesia de Pomuch

Hablaba con un camarero, en un bar de Campeche, México, cuando se enteró de una extraña tradición maya: la limpieza de los huesos de los muertos en la población cercana de Pomuch. El amigo era de ese lugar y conocía, por supuesto, todos los pormenores de la tradición que le explicó a grandes rasgos.
Al viajero insatisfecho le quedaba una tarde de sol y calor en la ciudad, y de no hacer nada, antes de tomar el bus nocturno hacia Veracruz, siguiente destino. Decidió visitar el pueblo de Pomuch, a unos 50 kilómetros, que gracias a este ritual ancestral maya se ha convertido en una población conocida, en un pueblo mágico, aunque no ostente de manera oficial ese título. Le preguntó al camarero dónde podía agarrar (como decían allí) un colectivo (minibus) y se presentó en el lugar. Paró en la plaza de la Iglesia, un monumento del siglo XVII que encontró cerrado, de esta manera no pudo ver la figura sagrada hecha de pasta de maíz, única en México, según le explicó también el amigo camarero de Campeche. Agarró un ‘ricksaw’ que le recordó a su estancia en India, y se dirigió al cementerio. El muchacho que le llevaba en bicicleta le habló un poco del significado del cementerio y de los muertos. Poco, muy poco le comentó pues o era tímido o poco hablador. Tal vez su juventud le impedía ser más expresivo.
Se dio perfecta cuenta de este ritual al entrar al recinto. Los nichos, pintados y decorados con diferentes colores no estaban cerrados, sino que mostraban en su interior una especie de urna que almacenaba unos limpios cráneos y huesos humanos, decorada exteriormente con telas delicadamente bordadas. El cementerio más que para enterrar al muerto se utilizaba para exhibir sus huesos.

Nicho, con urna y huesos

Para algunos, según pudo saber, el ritual de limpiar los huesos de los difuntos resultaba extraño, pero para los habitantes de esta comunidad era una tradición maya que debía perdurar. El aseo empezaba por las extremidades inferiores y terminaba con el cráneo, éste se colocaba sobre los demás huesos, según se podía apreciar en la mayoría de los nichos. La limpieza anual y ritual era meticulosa e incluía el uso de escobas y brochas, además se contaba con una cajita de madera o urna para la colocación final de los restos. Mientras se efectuaba esta ardua tarea -también, según pudo saber- los niños observaban, recibían lecciones y escuchaban narraciones de cuando estaba en vida el difunto.
Paseó sin rumbo entre las tumbas, bajo un calor hiriente, sofocante y pesado, observando detalles de cada una de ellas, tomó varias fotografías y sin preguntarse más, se marchó de allí con esa sensación de lo extravagante de la mente humana.
Nicho, con dos urnas y los huesos

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1 de julio de 2016

México, próximo destino


México, próximo destino. Sazonado, eso sí, por los países centroamericanos más cercanos. Quizás Guatemala, El Salvador, Honduras o Nicaragua, pero el país de inicio de la aventura será sin duda México. Sabemos, sabe el viajero insatisfecho, que alberga una gran riqueza en playas espléndidas (no es su vocación principal), deslumbrantes ciudades coloniales y gigantescos parque nacionales, razón suficiente para que sea el próximo destino. Pero, no olvida tampoco su historia, sus gentes, sus revoluciones no resueltas, sus revoluciones por venir, su particular forma de enfocar la vida, la vorágine o el mundo.
Su imagen es la de un mundo cosmopolita, bullanguero, contaminado y lleno de gente, algo sencillamente fascinante.
Está cargando la mochila.
Está llenando el espíritu.
Está completando y ordenando su cabeza.
Lleva pasaporte, dinero, pasión, libros, guías, ilusión, ropa, ganas, va encandilado, utensilios, paciencia, primeros auxilios, orgullo…., de todo ello lleva en cantidad suficiente, un buen volumen, ¿cómo regresará?.
Y como leyó hace poco unas frases de Ángeles Mastretta sobre este país, las va a colocar aquí:
México puede ser indescifrable. Así pensamos muchos de quienes aquí nacimos y seguimos viviendo, y eso hemos aceptado, impávidos, con nuestros ojos habituados a mirar lo inaudito como si fuera lógico, como si el tiempo lo volviera invisible”.


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17 de junio de 2016

Ciudad de Lamu, ciudad 'swahili'

Calle principal de la ciudad
Antes de pisar sus estrechas calles, el viajero insatisfecho ya había oído hablar de la ciudad de Lamu pero no había generado en su mente un dibujo parecido a la realidad y eso que había paseado por Old Town, en Nueva Delhi, y se imaginaba algo así. Nada que ver. Las calles de Lamu, más bien el laberinto de Lamu, no tiene nada que ver con lo visto en otras ciudades. Sus angostas calles destilaban tranquilidad, tal vez la calle principal podía ser un poco más movida, pero no en exceso. El hecho de que no hubiera vehículos a motor, únicamente pequeños burros de carga, le daban un aire de reposo aunque este fuera un abigarrado reposo. Sin duda alguna, perderse por sus calles era una experiencia singular. Algunos viejos con sus tejidos topis observaban al mochilero, una mujer con su hiyab cubriendo su rosto se cruzaba en silencio, un borrico cargado de sacos de arroz adelantaba al caminante o una joven musulmana le observaba a lo lejos pero al cruzarse con ella apartaba su tímida mirada o, incluso, se introducía en su casa. Y eso que los habitantes de Lamu estaban acostumbrados a las visitas. La isla era atractiva para el turismo europeo, entonces minimizado por los efectos del terrorismo de Al Shabaab. El turismo no suele ser valiente con la violencia. Hasta cierto punto comprensible.

Calle de la ciudad
Y el leonés miraba a lo lejos la estrecha callejuela por la que avanzaba mientras ojeaba los canalillos de aguas que recorren como una auténtica red todo el entramado de calles y callejas. Un leve hedor a desagüe, a veces algo más fuerte, no le impedía admirar todos los recodos, las casas construidas con desechos de coral, las puertas 'swahili' talladas hasta extremos increíbles o los porches pintados de un amarillo mostaza que mantenían al fondo una moderna puerta de entrada a una vivienda local. La tranquilidad era absoluta. Solamente el viajero se despertaba de una especie de ensueño con el trote de algún pollino provocado por algún zagal con prisas o cuando las pisadas de algún viandante se dejaban escuchar con cierto eco. Todo lo demás era armonía, era ensimismamiento, era admiración por lo que se veía y se oía, o más bien, por lo que no se oía. Era, ya lo había dicho, reposo.
Lo más transitado, sin duda, era el paseo marítimo, el paseo que se abría a aquel mar, también tranquilo por el entramado de islas que amortiguaban su fuerza. Y allí, en un lado del paseo, se encontraba el único museo del mundo dedicado a los burros (The monkey sanctuary). Aquellos días, el museo/corralillo albergaba una decena de équidos, pequeños y, en apariencia, pacíficos que comían tranquilamente lo que un joven les había echado en el pesebre. Parecía que hubieran sido domesticados allí por los siglos.
Paseó y paseó al atardecer por sus calles, en un incansable paseo por un mundo ya casi olvidado, a punto de extinguirse.
Museo de los burros
Puerta tradicional 'swahili'
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6 de junio de 2016

Un rato en un poblado masai

El joven masai, ejerciendo de guía

Era una tarde gris, hacía un rato había dejado de llover pero los nubarrones negros africanos que solían presentarse de repente amenazaban con hacer una nueva aparición. El viajero insatisfecho paseaba solitario por los alrededores de su cutre resort de tiendas de campaña, bastante bien disimulado con el sotobosque de la zona, muy cerca de la entrada a la Reserva Nacional Masai Mara, cuando uno de los muchos jóvenes masai que por allí había le invitó a conocer su poblado y su casa, a cambio de una ridícula aportación monetaria. No suele pagar por sacar fotos o hacer labores de ridículo/turista ante las situaciones que se le presentan pero la amabilidad del joven, su simpatía y el aburrido paseo que estaba dando le animó a visitar un auténtico poblado masai, con sus cabañas de barro, sus techumbres casi planas de tierra que se veían como imposibilitadas de parar los frecuentes aguaceros pero por lo que parecía si lo hacían, y sus corrales de ganado, tanto vacuno como ovino.

Cercado para las ovejas

El joven masai ejercía de guía como si de un profesional se tratara: “esto son las viviendas (…), este es el cercado donde guardamos ovejas o cabras (…), este es un sombrero de piel de león que yo mismo he cazado (…), esta es mi casa donde vivo con mi mujer, mi hijo y mi padre viudo (….)”. Y efectivamente, así era, o así apreció este mochilero que era cuando entró en su interior. Un habitáculo oscuro, con una pequeña hoguera en el centro donde en ese momento se cocinaba una especie de potaje de verduras con alguna alubia (no entendió lo que el joven masai le dijo que contenía). La mujer sujetaba en brazos a su pequeño hijo y el padre charlaba en esos momentos, alrededor del fuego, con uno de sus vecinos y amigo. Después del saludo, el muchacho se extendió en explicaciones sobre los destalles que estaba viendo o intuyendo por la oscuridad reinante en el cuchitril. En varias estanterías, negras por el paso del tiempo y la humareda permanente y reinante, había algunos utensilios de cocina de plástico, aluminio o latón. Todo ello en un ambiente oscuro en el único aposento donde se cocinaba, se hablaba, se dormía y, en general, se vivía.

El joven masai, su padre y el amigo

La mujer y su hijo, dentro de la casa

Fue un rato en un poblado masai, un rato pisando barro, un rato de verdad de la zona, un rato de realidad africana que este viajero no piensa olvidar.

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24 de mayo de 2016

Un encuentro casual

El otro día el vecino de arriba le hizo una pequeña gotera en el techo del salón. Los arreglos de la misma generaron cierta obra en el piso del vecino y un acondicionado de pintura en el techo del salón de la casa del viajero insatisfecho. Al mover el montón de libros que estaban apilados en una estantería, se encontró con ‘Pedro Páramo ya no vive aquí’, del amigo Paco Nadal. Lo cogió en sus manos, lo olió, lo ojeó/hojeó como siempre hace con los libros (se niega, por ahora, a ser lector del e-book de los cojones) y leyó la dedicatoria que el autor le había hecho hace unos pocos años. “Para el gran Blas, viajero inteligente, exigente y solitario. Y mucho menos insatisfecho de lo que él cree”. Gracias, Paco!!. Se animó, así, a releer el libro.
Y comenzó releyendo las frases iniciales de Ángeles Mastretta que concluye su más que prólogo, elogio, diciendo:
Estoy segura de lo que he dicho: abrieron ustedes un libro mágico. Y no lo soltarán, porque es imposible librarse de la voz original y avasalladora de quien lo cuenta”.
¡Olé!.
Gracias, otra vez, amigo Paco, por no dejarte influenciar por esta mierda de vida, fatua, agorera, y centrar tu prosa y transparentes descripciones, llenas de un reposado tono de viajero experto, en las cosas que realmente apasionan con ese envoltorio de historia y tradiciones de los pueblos que visitas. Este mochilero también en sus viajes trata de captar la esencia de las gentes, pero -sin duda- es una misión imposible, al menos hacerlo con cierta dignidad para lo observado. Nunca logra ser cálido o acogedor con lo que ofrece el país como el amigo Paco ni ser optimista cuando la realidad se aparece desastrosa.
Paco Nadal si lo consigue.
No lo ha releído completo pero han pasado ya varios capítulos y se siente animado a decir que conoce mejor México que lo conocía antes de leer su prosa. ¡¡No digo nada, después de releerla!!. Sabe, por ejemplo que la Ciudad de México creció un millón de habitantes en un fin de semana, con motivo de la visita del Papa. En vez de regresar se quedaron allí para siempre.
Y sabe muchas otras cosas.

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10 de mayo de 2016

Mombasa

Fort Jesus

Mombasa era la segunda ciudad más grande de Kenia y el principal, y casi único, puerto importante del país. Su centro histórico se levantaba sobre una isla, en el centro de un gran estuario, comunicada con tierra firme por varios puentes y, en el sur, por continuos servicios de ferry. Para darse cuenta de ello era necesario rodearla por completo, cosa que no hizo, o visitar ‘Google Map’. El viajero insatisfecho se dio cuenta de ello, y no tiene reparos en reconocerlo, al navegar por este último en internet. Tenía un casco histórico relativamente cuidado, en especial el Fort Jesus, convertido en museo, que dominaba la bahía. La ‘lonely’ traía un plano del mejor recorrido a pie (City walk) para visitar lo más significativo. En esta ocasión, sin dudarlo, siguió lo que le marcaba. No estuvo nada mal el paseo, aunque ciertos puntos del recorrido la propia guía calificaba de solitarios y por ende peligrosos. Sirva de ejemplo el enclave donde estaba situado el pozo de agua Vasco de Gama. Cuando el mochilero se acercaba a él un grupo de zagales de dudosas pintas le miraron descaradamente y adelantaron, aunque en ese momento un soldado, salido de no sabe dónde, se ofreció a acompañarle. Bajaron juntos las escaleras que llevaban al lugar y merodearon por allí, observados detenidamente por los ‘zagales de dudosas pintas’. Ya al lado del pozo, situado en un hueco de la muralla, otro joven que hacía la colada le invitaba con insistencia a que tomara fotos. Toda esta visita estuvo envuelta por una atmósfera gris, cargada y sospechosa que gracias al soldado-amigo pudo finalizar sin problemas. Fuera de la isla, fuera ya del casco histórico, se encontraban las cercanas y extensas barriadas de chabolas y, más lejos, a varios kilómetros, las playas, famosas para cierto turismo internacional.

Pozo de Vasco de Gama

La mayoría de la población era musulmana y, de nuevo, tuvo ocasión de levantarse o, al menos, despertarse mosqueado con las llamadas del almuecín de la mezquita cercana, casi al lado de la guest-house que le servía de guarida nocturna.
No le disgustó al mochilero Mombasa. Mantenía cierto encanto de ciudad antigua, puerta del Índico, sin perder un obvio sabor colonial que incrementaba, en esta ocasión, el aroma africano del lugar.


Edificio colonial en el caso antiguo

Mapa de Mombasa, y situación


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