26 de septiembre de 2016

San Juan Chamula, el pueblo del misticismo mágico

-Iglesia de San Juan Chamula-
 
Estaba dispuesto aquella mañana de domingo, mes de septiembre, a introducirse en el misticismo mágico de San Juan Chamula, pueblo tradicional del estado mexicano de Chiapas. Posiblemente la comunidad ‘tzotzil’ más visitada. 
Desde San Cristóbal de las Casas, donde se encontraba, agarró un minibús-colectivo, medio que utilizaban allí para desplazarse a los cercanos pueblos, y se presentó en el mercado. Como era domingo lo encontró especialmente ambientado, reunidos allí todos los habitantes de los pueblos y comunidades cercanos. A lo lejos, por las vecinas montañas, se hallaban diseminadas multitud de casas. El murmullo que oía era ‘tzotzil’ (nadie parecía hablar español; pero sí, todos lo entendían y hablaban, o casi todos), mientras atravesaba puestos de frutas, de telas, de herramientas de labranza, puestos de comida, vendedores de zapatillas, puestos de helados al sol, hierbas secas (no conocía sus nombres), lana de borrego -muchos montones- de la que estaban elaborados las faldas de las ‘chamulas’ y los chalecos (o algo parecido) de los ‘chamulos’ o, quizás, ‘chamulanos’. La falda de las mujeres, color negro; el chaleco de los hombres, color blanco.


-Mercado de San Juan Chamula. En primer plano, puesto con lana de borrego-
 
La visita iba para el mercado pero, en especial, para la iglesia. Ha dicho que estaba dispuesto a introducirse en el misticismo mágico de San Juan Chamula. Por 25 pesos mexicanos (poco más de un euro), pagados en la oficina de turismo situada al lado de la iglesia (si no impedían la entrada), los foráneos podían visitarla. Una manera de rentabilizar los incordios de los visitantes en sus rituales, sin duda. Era un lugar muy peculiar, en cuyo interior estaba terminantemente prohibido fotografiar (las señales visibles lo indicaban: no cámaras, ni móviles, ni gafas o gorras). La arquitectura del templo era de estilo colonial clásico (como casi todas las iglesias del estado de Chiapas), pero con la particularidad de no contar con bancas para sentarse, pues los habitantes oraban de rodillas, o acuclillados, y creaban en conjunto una atmósfera mística muy especial al mezclarse rituales prehispánicos/mayas con los de la evangelización católica.
La entrada inicial al recinto interior fue espectacular por lo abigarrado del acervo, por el humo reinante y también, como no, por ese inevitable misticismo mágico desprendido ante tantas figuras, velas encendidas entre la penumbra y los 'chamulos' en multitud de posturas
Lo buscado por el mochilero.
La única nave de la iglesia estaba decorada con velas -cientos- de diferentes tamaños y colores. El suelo, todo él recubierto de una fina capa de hierba verde recién cortada, solamente en ciertos lugares (varios), donde habían hecho un hueco, el mosaico aparecía lleno de diminutas velas blancas encendidas, en forma de altares en el suelo. Uno de los ‘tzotziles’ se encargaba de ir encendiendo las velas unas con otras, mientras se oía a su alrededor un suave ronroneo de oraciones en idioma ‘tzotzil’. Allí, en cada uno de esos pequeños altares, oraban sentados o arrodillados decenas de personas, algunas con gallinas en sus brazos. Para andar era necesario estar muy atento para no pisar alguna vela o mano que se encontrara apoyada en el suelo. Todo estaba arremolinado. Cierto, si, con un ordenado desbarajuste.
Los laterales de la nave, o recinto interior, estaban repletos de imágenes de santos (a veces con extraños nombres) en hornacinas de madera, algunos de ellos repetidos. San Pedro Mártir, San Pablo Mayor, Arcángel San Miguel Menor, San Pedro dueño de la llave (por supuesto, portaba una en sus manos), San Pablo Menor, Pastor, Santa Martha, Santa Magdalena y Sagrado Corazón Mayor. En una única hornacina aparecían, los tres juntos, San Judas Tadeo, San Pedidor y San Juanito (por orden de exposición y tamaño). También estaban allí representados Santo Tomás, la Virgen de la Encarnación, Arcángel San Miguel Mayor y, aunque en diferentes cajones, Santiago, junto a San Lucas y San Mateo, y delante de ellos (algo que le extrañó), además de las numerosas velas, la figurita de un caballo -parecía salido del rancho ‘El Miedo’ de Doña Bárbara- y la de un jaguar -también por los alrededores del mismo rancho-. Todas las figuras de santos, absolutamente todas, llevaban colgado de su cuello un espejo, debido a la creencia de que servían para reflejar la maldad. Preguntó a uno de los presentes sobre este detalle y le comentó que los ‘chamulos’ no hacen confesión con un sacerdote, si no que realizan autoconfesiones para lo que necesitan que sus faltas se reflejen en los espejos.
Mientras el viajero insatisfecho estuvo en su interior, se celebraba también una misa, con apariencia de rito católico, pero únicamente en la parte delantera de la iglesia. El sacerdote oficiaba ante un grupo de personas, todos ellos de pie. Rodeándolo. Mientras, en el resto de la iglesia, se homenajeaban a otras devociones distintas y se multiplicaban los altares de velas en el suelo. Cada uno a su rollo. En el decorado del altar mayor o central, San Juan Bautista ocupaba el lugar principal, rodeado de San Juan Menor y de otra figura que no identificó. Y es que en San Juan Chamula el predilecto de su devoción era San Juan Bautista, no Jesucristo, que lo tenían entre las imágenes con el resto de los santos. El mismo San Juan Bautista presidía la pila bautismal en una de las esquinas, donde en aquel momento esperaban varios padres con sus bebés en brazos.
Al tratar de abandonar el templo, una fila de músicos tocando tambores, guitarras (rudamente elaboradas), arpas grandes (muy utilizadas en el folclore mexicano), y otros instrumentos, precedidos de una especie de incensarios de latón que multiplicaban el humo interior, le impidieron por unos momentos salir. Parecían 'Los tigres del norte', en uno de sus 'corridos mexicanos'.
Un lío. Un barullo total.
El humo que envolvía toda la nave, provocado por algo parecido al incienso y al humo de los cientos/miles de velas, le añadía al marco de las múltiples celebraciones un aire encantador, embaucador, casi brujo.
No pudo sacar fotografías, en vista de las estrictas prohibiciones. Y más cuando comprobó que al sacar su libretilla moleskine’ para apuntar algo, un personaje con cara de pocos amigos se le acercó y lo impidió. "Tampoco se puede escribir. También lo prohíben", le dijo.
Ah!. Uno de los que elaboraban altares y encendían las velas en filas en el suelo, al pasar junto a él le preguntó, “¿de dónde procedes?”. El mochilero, en medio de ese ambiente de prohibiciones, con la mosca tras la oreja o, quizás, con el miedo en el cuerpo, le contestó, “soy español”. Y el personaje en cuestión sonrió y le saludó efusivo.
“- ¡Mirad que si le da por recordar el violento pasado colonial español y embrutecerse!”.


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15 de septiembre de 2016

Batopilas / México

El mirador de la virgen y el cañón de Batopilas al fondo

Creel y Batopilas eran dos pueblos, alejados entre sí, de la sierra Tarahumara mexicana. ¿Por qué el viajero insatisfecho les trae juntos a este mismo artículo? Pues porque desde primero viajó al segundo, a través de una parte de la sierra. En Creel, antes, visitó un asentamiento o comunidad tarahumara, pueblo que mantenía aún vivas sus tradiciones como hacía cien o doscientos años, quizás como siempre. Basaban su mantenimiento en maíz, papas y frijoles, y eran estos los productos sembrados que rodeaban sus pequeños poblados familiares. Vivían de estos tres alimentos y, también, de lo que recaudaban en sus incursiones a poblaciones más grandes vendiendo sus rudimentarias artesanías y también, como no, del limosneo. Eran un pueblo aún marginado pero, según opiniones recogidas, no por el gobierno que les concedía subsidios de mantenimiento, aunque, basándose en esas mismas fuentes, ellos malgastaban en bebidas u otros derroches, en especial los hombres. 
(Como pareciera su versión, añadiría que era una visión poco creíble). 
Una gran parte de los tarahumara habitaban en cuevas, algunas explotadas turísticamente. No todas. Pero eso sí, todas ellas con sus paredes rocosas negras del humo de sus necesarios fuegos ante el frío nocturno que a veces hacía en aquella inhóspita sierra.


Interior de una cueva donde vivían los tarahumaras
Uno de los desprendimientos que cortaban la carretera

Desde Creel a Batopilas el autobús se deslizaba por una aceptable y serpenteante carretera entre valles y barrancos. Fue sobre todo la barranca del Cobre que era necesario cruzar la que impactó al mochilero. Un corte bestial de precipicios rocosos, monumentales, recios, soberbios que la carretera zigzaguea con ingenio del experto que la construyó, convertidor, seguro, de veredas en caminos asfaltados. Se atravesaban pequeños pueblos de simpáticos topónimos como Samachiche, Basigochi o Kirare. Pero Batopilas estaba al fondo de un cañón que llevaba su nombre. El autobús, en lo más alto del impresionante corte, se lanzaba lento pero firme por la carretera recién construida hacia el profundo valle. Las recientes lluvias habían provocado multitud de desprendimientos y derrumbes, algo normal pues los cortes que las máquinas modernas habían dado a la montaña aún no habían asentado y cimentado. Paciente, con sensibilidad hacia el peligro que aparecía en cada curva, el bus avanzaba lento acariciando el barranco y dejando a veces a su izquierda y otras a su derecha un precipicio de espectaculares vistas. Y miedo.


Cañón de Batopilas

Como tenía ganas de una instantánea pausada, sin el incesante movimiento del motor, pidió una parada al conductor. “Cuando entre el pasaje va algún extranjero suelo hacerla en el mirador de la virgen”, le replicó. Así lo hizo. Una gran roca en medio de la carretera, justo al lado del mirador, hizo más fácil justificar la parada ante el resto del pasaje. Fascinante el cañón que se extendía en toda su amplitud y ante sus ojos. Unas fotografías y, de nuevo, el autobús continuó con su marcha. La vegetación que rodeaba la ruta iba cambiando con la temperatura, cada vez más suave y tropical. Con el paso de los minutos de descenso, las extensiones de pinos y otra vegetación montañosa se iban transformando en plantas tropicales. Cerca de Batopilas se veían papayas, naranjos, mangos,… Y calor, mucho calor. Un microclima en la región.
El origen de tan apartada población tenía que ver con los españoles colonizadores y con la plata que encontraron en sus alrededores. Visitó una de las minas abandonada hacía años, a la que accedió unos metros, después de ascender una pronunciada montaña entre cactus candelario; tomó unas cervezas con el que hizo de guía y con otro correligionario que apareció, y se retiró a descansar. En la pequeña pero coqueta plaza había un museo que enseñaba antiguas fotografías y utensilios mineros. Nada especial pero generaba, por su sencillez, ternura. 
Al viajero le gustó la temperatura de Batopilas, su emplazamiento en la ribera del río del mismo nombre, la tranquilidad que despedía el valle y la simpatía de la gente que se encontró.
Bonito regalo, aunque lo abandonó al día siguiente.
Ah!, y no se veían turistas. 
Ni se les esperaba.


El malecón al lado el río, en Batopilas, estirado pueblo que se divisaba al fondo


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4 de septiembre de 2016

Por las orillas del lago Atitlán

El lago Atitlán y uno de los volcanes al fondo

Era muy temprano cuando en Panajachel decidió hacer una caminata hasta el poblado más cercano, también ribereño del lago Atitlán. El pueblo era Santa Catarina Palopó. Se agenció un palo (¡¡un palo!!), cual peregrino del camino de Santiago, y se lanzó, no sin cierto reparo y pereza, carretera adelante. Sabía que eran 4 kilómetros y ese reto era realmente fácil. Ida y vuelta serían aproximadamente 2 horas a paso tranquilo más lo que prolongara su visita al poblado. Unas preciosas vistas del lago le iban acompañando todo el trayecto y, al fondo protagonistas, los volcanes de San Pedro, Tolimán y Atitlán, en orden de menor a mayor altura. Los tres eran figuras cónicas perfectas que se alzaban al otro lado del inmenso lago. Circulaba por una carretera asfaltada y, de vez en cuando, le cruzaban coches y motos en ambos sentidos. También, como no, gente local que se dirigía andando a no sabría qué lugar. Mientras caminaba no oía apenas nada. Ni mugidos de ganado o res alguna. No había. Ni el croar de las ranas o sapos. No vió ninguno. Ni siquiera una sinfonía de grillos. Dónde estaban los grillos?. En cualquier llanura más seca y apropiada, seguro. A un lado, el lago, y al otro, una alta montaña frondosa y verde, en alguno de sus tramos -pocos- un maizal plantado donde parecía imposible. Siendo un poco exagerado, tal vez, con algún tipo de arnés. 

Mujeres en Santa Catarina Palopó

Llegó a Santa Catarina Palopó en el tiempo previsto, paseó por sus calles, se acercó al muelle que recibía las embarcaciones y observó la escasa actividad que allí reinaba o, al menos, eso apreció. Como física y mentalmente estaba 'entero' se animó a continuar hacia el siguiente pueblo, San Antonio Palopó.
¡Quién dijo miedo! Eran 4 kilómetros más.
Se convenció asimismo de que la vuelta la tenía asegurada en transporte público pues durante el trayecto había visto varios pic-up cargados de gente local, intuyendo que era su habitual medio de transporte. El libro-guía hablaba de la gran producción de cebollas en San Antonio Palopó y dos kilómetros antes el viajero insatisfecho comenzó a oler este producto hortícola. ¡Imposible!, pero ¡cómo es la capacidad de sugestión humana!. El pueblo estaba encaramado en la ladera de la montaña y llegaba hasta la misma orilla. Desde lejos pudo apreciar la gran cantidad de terrazas que acompañaban a las casas en su ascensión por la ladera. Supuso que las terrazas eran de cebollas. Así era. Alternaban su anárquica subida ladera arriba con las viviendas, aunque la mayoría de ellas estaban más bien a un lado del poblado. En ese afán de conseguir una buena fotografía paseó por sus estrechas y empinadas calles o sendas escalonadas, unas veces de cemento, otras de adoquín y, como no, otras escavadas directamente en firme de la tierra o roca, buscando esa perspectiva que le dejara una buena instantánea para el recuerdo. No lo logró.


Vista general de San Antonio Palopó
Primer plano de las terrazas de cebollas

Algún obrero trabajaba entonces en ellas pero nada especial o espectacular. Eso sí, en su recorrido de curioseo se encontró con gente muy amable que sin hablar muy bien el español (su lengua autóctona era el cakchiquel) preguntaban y hasta ofrecían una visita a sus casas, eso sí, con el escondido interés de conseguir unos quetzales (moneda guatemalteca) de propina u ofrenda.
Una última mirada quieta y pausada a los volcanes que ofrecían orgullosos su silueta al otro lado del lago, entre nubes los tres, y se montó en la pic-up que le traería de vuelta, ya un poco cansado, a Panajachel.


Mercado/plaza de San Antonio Palopó



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26 de agosto de 2016

La isla de Ometepe

El volcán Concepción, desde el muelle de Moyogalpa

Ometepe era la isla más grande dentro del lago Nicaragua y, por lo tanto, rodeada de agua dulce. Era de origen volcánico y su ‘skyline’ lo formaban las siluetas del activo volcán Concepción -su última erupción, según señalaba el mapa, había sido en 1986- y del inactivo volcán Maderas. En realidad, la isla era el producto de la unión de ambos volcanes. En tiempos ancestrales sus conos emergían solitarios de las aguas pero la naturaleza es así, une y desune con total arbitrio.
El volcán Concepción desde otro lado de la isla

La mejor manera de llegar a la isla era agarrando un ferry en la ciudad de Rivas y eso hizo el viajero insatisfecho. Madrugó ese día y tomó el primer ferry que salía, cree recordar, a las 7 de la mañana. Un simpático taxista le acercó al muelle. En el trayecto le contó que conocía otro español que llevaba varios años en la ciudad y regentaba otro de los hospedajes económicos de allí y le invitó a hospedarse en él. Otra vez será, le dijo.
Después de algo más de una hora de navegación, el barco dejaba al pasaje en la pequeña ciudad isleña de Moyogalpa, justo en la base del volcán Concepción. Ya desde el barco, y durante todo el trayecto, se observaba su figura cónica casi perfecta. Planeaba regresar ese mismo día a Rivas y no iba preparado para pasar una noche, cosa de la que se arrepintió pues una vez allí se dio cuenta que la isla se merecía al menos uno o dos días más.
Carteles necesarios por posible erupción del volcán Concepción

Alquiló una ‘scooter’ y se lanzó, casi con prisas, a recorrer la isla, parando aquí y mirando allá. Como no es muy ducho en conducción de motos, siempre mantuvo una velocidad prudencial que evitaba el peligro. Una carretera bordeaba el volcán Concepción y comunicaba, además, con el volcán Maderas. Rodeando el primero se encontraba Altagracia, la otra ciudad importante.
Paseó por una playa en busca del encuadre de una fotografía que le había gustado pero que no pudo hacer pues la naturaleza sabia y arbitraria no consulta cambios a viajeros ni turistas, y visitó la laguna Charco Verde, tan anunciada, pero que resultó ser poco atractiva. Allí, y en toda la isla, se podía preguntar detalles sobre el mito de Chico Largo: antiguo propietario de Charco Verde que se volvió un personaje fantástico por sus supuestos tratos con el diablo (otro día contará la historia).
Se acercó lo más que pudo, por el escaso tiempo disponible, al otro volcán y conoció Altagracia, la segunda ciudad isleña, donde se acercó a ver unos petroglifos precolombinos que tanto reseñaban en la guía. Al pasar con su ‘scooter’ por una de las calles se paró ante una original casa, pintada y repintada de caras conocidas: era la casa de propaganda del FSLN (Frente Sandinista de Liberación Nacional). Chávez y el Che, entre otros, ocupaban la fachada de la vivienda, en la que se apreciaba cierto movimiento. ¿Por qué este movimiento y decoración de la ciudad?. ¿Vendrá ‘el comandante Daniel (Ortega)’, en breve?. 
No, el engalanamiento es diario, le contestaron.
Casa de propaganda del FSLN

¡Anda!. ¡Anda con los sandinistas!, y eso que este leonés oyó duras críticas hacia ‘el comandante Daniel’, especialmente de aquel personaje sui generis de Bluefiels, ciudad garífuna nicaragüense, que 'echaba pestes' del comandante.

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9 de agosto de 2016

Veracruz, al ritmo del alma

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-Puerto/Malecón-

Llegaba a Veracruz ya avanzada la mañana después de una noche completa, y de insomnio, en un autobús desde Campeche, una ciudad colonial -otra- dentro del elenco de ciudades mexicanas. Y el viajero insatisfecho llegaba a ella con la mochila organizada de alusiones históricas, la documentación mental estructurada y preparado para tropezar con lo que finalmente encontró: una ciudad portuaria con un puerto de verdad, con barcos mercantes atracados que sobresalían de las tranquilas aguas como monumentos de chatarra ideados por algún veterano maestro cubista. Un puerto por el que se podía pasear, tranquilo, aunque ese sosiego era interrumpido a veces por los jovenzuelos vestidos con pantalón corto y camiseta raída que animaban a los incautos transeúntes a tirar una moneda al agua contaminada y sucia que bordeaba el malecón, para así recuperarla ellos después de un rápido chapuzón. Siempre lograban el objetivo. La interceptaban antes llegar al fondo, concluyó. Costumbre esta que ya había presenciado en alguna otra población, por ejemplo de Islas Filipinas, y siempre le producía una especial repugnancia y rechazo. Tanto por los jóvenes que la propiciaban como por los viajeros, casi siempre un poco soberbios, que se prestaban a esa penosa situación.

 -Zócalo, al fondo, la orquesta-

Se dejó embaucar, sí por Veracruz, por el encanto de sus calles y plazas abarrotadas de palmeras típicas y cocoteros y, al caer la tarde, el ritmo que la ciudad guardaba en sus entrañas afloraba en el Zócalo, en especial. Era la ciudad de la fiesta, de la música y los jarochos. En el escenario circular del Zócalo se situaba la orquesta, pero lo hacía con el ritual de una gran orquesta con trombón. Siempre ha pensado, ya desde niño, que una orquesta con trombón es una excelente orquesta. Y al son que rugía tranquilo, un grupo de parejas, en gran parte mayores, se animaba a danzar. Sus pasos llenos de estilo movían las miradas del público fiel que presenciaba la actuación. Así oscurecía en Veracruz. Los camareros de los bares que bordeaban la plaza, al iniciarse el ‘rompan filas’ de la orquesta, animaban a los asistentes a continuar la noche con el ritmo de las espontáneas marimbas (esos xilófonos de madera) que merodeaban por allí. Los limpiabotas en sus monumentos al betún reclamaban a los transeúntes su última intervención. Las luces aparecían ya encendidas y la ciudad se aletargaba para entrar en fase de ensoñación. Al regresar al hotel, un viejo camión de basura hacía sus paradas y un grito rebelde descuartizaba la noche en trocitos de realidad.

-Limpiabotas-

Veracruz creció al borde del Atlántico con la competencia de Acapulco en el Pacífico. El oro y la plata que salían de su puerto venían directos a España. Para acercarse a esa lucha pérfida de oro, plata, piratas y -añade- revolución, era necesario visitar la fortaleza de San Juan de Ulúa, algo que hizo una mañana en un tranvía (más bien un viejo autobús de madera). La fortaleza, tiempo atrás una isla, se levantaba ahora por los sucesivos refuerzos en forma de península frente al malecón. La primera fortificación fue un arsenal y, cómo no, una capilla pero todo ello fue robustecido durante el siglo XVIII para proteger la ciudad de los piratas. A lo largo de los años ejerció como lugar de intercambio de mercancías llegadas de Europa y también de cárcel, una de las más temidas. El guía local, incluido en el precio del transporte/tranvía, enseñaba con cierto afán morboso la celda que, además de ser considerada el infierno, era invadida por las mareas en plena oscuridad, un suplicio añadido para el condenado. Más tarde, el lugar sirvió de penal al que fuera presidente de México, Benito Juárez. Construida en gran parte de roca coralina -se apreciaba ya a la entrada- tiene en su haber una herrumbrosa, sirva el calificativo, historia.

-Fortaleza San Juan de Ulúa-

Pero olvidados del fulgor como puerto y de lo penoso como presidio, Veracruz se extendía como un soplo de vida por la zona playera, lindando con el mar que tanto la otorgó, con edificios alegres de hechura internacional. Perdía así un poco su vestimenta tradicional pero ganaba en modernidad.
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2 de agosto de 2016

Teotihuacán, un breve acercamiento

Teotihuacán es el vestigio de una civilización muerta, desaparecida pero misteriosa. Es misteriosa por su evidente poderío y misteriosa por ser la gran desconocida. También, y sobre todo, misteriosa en el cómo se extinguió. Se han planteado muchas hipótesis pero la más creíble es un posible derrocamiento de la clase dirigente teotihuacana, asociado a una brutal reducción de los recursos.
Era muy fácil visitar Teotihuacan. Desde Ciudad de México no hacía falta más que acercarse a la terminal Norte de autobuses, de donde partía, cada pocos minutos, un ‘camión’ (dicen allí) que dejaba al pasaje en una de las puertas de acceso. El viajero insatisfecho que no es muy dado a visitar piedras pasó allí, perdido entre guijarros milenarios y susurros de turistas, una mañana que resultó no ser tan sofocante, en cuanto al calor, como pensaba.
Dos inmensas pirámides y el templo de Quetzalcoatl era lo más destacado. Sucumbió al encanto de algunas imágenes talladas en las grandes piedras del templo, subió la pirámide del Sol y observó desde allí la gran planicie y la extensa calzada que unía los tres monumentos estrella. Había más. Se acercó también, ya cansado, a la pirámide de la Luna.
Fue realmente impresionante, aunque este leonés nunca lo reconocerá públicamente, pero deja aquí una muestra en vídeo de lo que fue la experiencia.


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22 de julio de 2016

La sierra de los tarahumara

Vista que el tren dejaba a su paso

El célebre y renombrado tren “Chiguagua al Pacífico” (también conocido como “el Chepe”) que comunica una zona árida del centro de México (Chiguagua, en concreto) con las tierras verdes de Los Mochis, atraviesa la sierra Tarahumara. El viajero insatisfecho que tenía ganas de conocer esta sierra sentía una predilección especial por las barrancas. Agarró el tren en Los Mochis que se precipitó a su ritmo lento, después de más de dos horas de recorrido por un aburrido valle, en un paisaje singular y bello. No podría decir que era espectacular y deslumbrante pero si se atreve a calificarlo de extraordinario. Espectacular podría ser la famosa barranca del Cobre, cerca de la que el tren pasaba durante un momento del trayecto. 
El Chepe transitaba por vías al lado de precipicios, por puentes, túneles y cañones. El trazado de una vía única bordeaba una larga serie de precipicios dando a grandes barrancos donde, a veces, en el fondo aparecían viejos vagones destartalados, oxidados por las lluvias, el tiempo, difuntos descarrilados ellos con las presumibles consecuencias (primera fotografía). La zona tenía unas condiciones abruptas que aprovecharon antaño los indígenas tarahumaras para protegerse de los amenazadores colonizadores españoles. También, allí, a salvo estaban de los trabajos forzados en la mina. Pero allí comenzaron a florecer también las minas como la de Batopilas, cerca también de la barranca del Cobre, llamada así porque los jesuitas españoles iban buscando este metal aunque encontraron otro no menos atrayente, plata. Pero el territorio era propicio para que los tarahumaras pudieran escabullirse. Las barrancas, además, guardaban en su vientre ópalo y oro.

Una mujer tarahumara con su niña en brazos

Este mochilero, precisamente, decidió descender en el apeadero llamado Barrancas, aunque realmente el pequeño poblado se llamaba Areponapuchi (con este nombre no se podría explotar turísticamente). Después de procurarse una habitación para dormir comenzó con sus paseos que le llevaron a unos miradores donde a los pies se observaban las famosas barrancas, la de Urique o la del Cobre. Se sentó en una de las rocas y en completo relax observó, miró y volvió a descansar la mirada sobre aquel vasto territorio lleno de belleza. Pero el turismo invasor también se acordó de ese lugar. A la izquierda de su observatorio, un hotel-mirador se apoyaba casi en el precipicio de grandes rocas, estropeaba en cierta forma el entorno y avasallaba la increíble panorámica.
Aun así, las barrancas se alejaban en el horizonte con la certeza se sentirse queridas, protagonistas y observadas.

Al fondo, las barrancas; en primer plano, el hotel

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9 de julio de 2016

Pomuch, un pueblo con una tradición maya

Iglesia de Pomuch

Hablaba con un camarero, en un bar de Campeche, México, cuando se enteró de una extraña tradición maya: la limpieza de los huesos de los muertos en la población cercana de Pomuch. El amigo era de ese lugar y conocía, por supuesto, todos los pormenores de la tradición que le explicó a grandes rasgos.
Al viajero insatisfecho le quedaba una tarde de sol y calor en la ciudad, y de no hacer nada, antes de tomar el bus nocturno hacia Veracruz, siguiente destino. Decidió visitar el pueblo de Pomuch, a unos 50 kilómetros, que gracias a este ritual ancestral maya se ha convertido en una población conocida, en un pueblo mágico, aunque no ostente de manera oficial ese título. Le preguntó al camarero dónde podía agarrar (como decían allí) un colectivo (minibus) y se presentó en el lugar. Paró en la plaza de la Iglesia, un monumento del siglo XVII que encontró cerrado, de esta manera no pudo ver la figura sagrada hecha de pasta de maíz, única en México, según le explicó también el amigo camarero de Campeche. Agarró un ‘ricksaw’ que le recordó a su estancia en India, y se dirigió al cementerio. El muchacho que le llevaba en bicicleta le habló un poco del significado del cementerio y de los muertos. Poco, muy poco le comentó pues o era tímido o poco hablador. Tal vez su juventud le impedía ser más expresivo.
Se dio perfecta cuenta de este ritual al entrar al recinto. Los nichos, pintados y decorados con diferentes colores no estaban cerrados, sino que mostraban en su interior una especie de urna que almacenaba unos limpios cráneos y huesos humanos, decorada exteriormente con telas delicadamente bordadas. El cementerio más que para enterrar al muerto se utilizaba para exhibir sus huesos.

Nicho, con urna y huesos

Para algunos, según pudo saber, el ritual de limpiar los huesos de los difuntos resultaba extraño, pero para los habitantes de esta comunidad era una tradición maya que debía perdurar. El aseo empezaba por las extremidades inferiores y terminaba con el cráneo, éste se colocaba sobre los demás huesos, según se podía apreciar en la mayoría de los nichos. La limpieza anual y ritual era meticulosa e incluía el uso de escobas y brochas, además se contaba con una cajita de madera o urna para la colocación final de los restos. Mientras se efectuaba esta ardua tarea -también, según pudo saber- los niños observaban, recibían lecciones y escuchaban narraciones de cuando estaba en vida el difunto.
Paseó sin rumbo entre las tumbas, bajo un calor hiriente, sofocante y pesado, observando detalles de cada una de ellas, tomó varias fotografías y sin preguntarse más, se marchó de allí con esa sensación de lo extravagante de la mente humana.
Nicho, con dos urnas y los huesos

Copyright © By Blas F.Tomé 2016

1 de julio de 2016

México, próximo destino


México, próximo destino. Sazonado, eso sí, por los países centroamericanos más cercanos. Quizás Guatemala, El Salvador, Honduras o Nicaragua, pero el país de inicio de la aventura será sin duda México. Sabemos, sabe el viajero insatisfecho, que alberga una gran riqueza en playas espléndidas (no es su vocación principal), deslumbrantes ciudades coloniales y gigantescos parque nacionales, razón suficiente para que sea el próximo destino. Pero, no olvida tampoco su historia, sus gentes, sus revoluciones no resueltas, sus revoluciones por venir, su particular forma de enfocar la vida, la vorágine o el mundo.
Su imagen es la de un mundo cosmopolita, bullanguero, contaminado y lleno de gente, algo sencillamente fascinante.
Está cargando la mochila.
Está llenando el espíritu.
Está completando y ordenando su cabeza.
Lleva pasaporte, dinero, pasión, libros, guías, ilusión, ropa, ganas, va encandilado, utensilios, paciencia, primeros auxilios, orgullo…., de todo ello lleva en cantidad suficiente, un buen volumen, ¿cómo regresará?.
Y como leyó hace poco unas frases de Ángeles Mastretta sobre este país, las va a colocar aquí:
México puede ser indescifrable. Así pensamos muchos de quienes aquí nacimos y seguimos viviendo, y eso hemos aceptado, impávidos, con nuestros ojos habituados a mirar lo inaudito como si fuera lógico, como si el tiempo lo volviera invisible”.


Copyright © By Blas F.Tomé 2016

17 de junio de 2016

Ciudad de Lamu, ciudad 'swahili'

Calle principal de la ciudad
Antes de pisar sus estrechas calles, el viajero insatisfecho ya había oído hablar de la ciudad de Lamu pero no había generado en su mente un dibujo parecido a la realidad y eso que había paseado por Old Town, en Nueva Delhi, y se imaginaba algo así. Nada que ver. Las calles de Lamu, más bien el laberinto de Lamu, no tiene nada que ver con lo visto en otras ciudades. Sus angostas calles destilaban tranquilidad, tal vez la calle principal podía ser un poco más movida, pero no en exceso. El hecho de que no hubiera vehículos a motor, únicamente pequeños burros de carga, le daban un aire de reposo aunque este fuera un abigarrado reposo. Sin duda alguna, perderse por sus calles era una experiencia singular. Algunos viejos con sus tejidos topis observaban al mochilero, una mujer con su hiyab cubriendo su rosto se cruzaba en silencio, un borrico cargado de sacos de arroz adelantaba al caminante o una joven musulmana le observaba a lo lejos pero al cruzarse con ella apartaba su tímida mirada o, incluso, se introducía en su casa. Y eso que los habitantes de Lamu estaban acostumbrados a las visitas. La isla era atractiva para el turismo europeo, entonces minimizado por los efectos del terrorismo de Al Shabaab. El turismo no suele ser valiente con la violencia. Hasta cierto punto comprensible.

Calle de la ciudad
Y el leonés miraba a lo lejos la estrecha callejuela por la que avanzaba mientras ojeaba los canalillos de aguas que recorren como una auténtica red todo el entramado de calles y callejas. Un leve hedor a desagüe, a veces algo más fuerte, no le impedía admirar todos los recodos, las casas construidas con desechos de coral, las puertas 'swahili' talladas hasta extremos increíbles o los porches pintados de un amarillo mostaza que mantenían al fondo una moderna puerta de entrada a una vivienda local. La tranquilidad era absoluta. Solamente el viajero se despertaba de una especie de ensueño con el trote de algún pollino provocado por algún zagal con prisas o cuando las pisadas de algún viandante se dejaban escuchar con cierto eco. Todo lo demás era armonía, era ensimismamiento, era admiración por lo que se veía y se oía, o más bien, por lo que no se oía. Era, ya lo había dicho, reposo.
Lo más transitado, sin duda, era el paseo marítimo, el paseo que se abría a aquel mar, también tranquilo por el entramado de islas que amortiguaban su fuerza. Y allí, en un lado del paseo, se encontraba el único museo del mundo dedicado a los burros (The monkey sanctuary). Aquellos días, el museo/corralillo albergaba una decena de équidos, pequeños y, en apariencia, pacíficos que comían tranquilamente lo que un joven les había echado en el pesebre. Parecía que hubieran sido domesticados allí por los siglos.
Paseó y paseó al atardecer por sus calles, en un incansable paseo por un mundo ya casi olvidado, a punto de extinguirse.
Museo de los burros
Puerta tradicional 'swahili'
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